OBSESION

El obsesivo trata de tenerlo todo constantemente bajo control.

El obsesivo con frecuencia incluso lo que está fuera del alcance de cualquiera.

El obsesivo lo planifica todo como medio de anticiparse a acontecimientos futuros, de manera que pueda controlarlos y gestionarlos.

El obsesivo se comporta del mismo modo en todos los ámbitos de la vida profesional y personal; tiene también bajo control a su pareja y a sus hijos.

Por desgracia el exceso de control conduce a su pérdida; cuando el sujeto tropieza con algo sobre lo que no puede ejercer su voluntad, los esfuerzos que hace en esta dirección siempre lo sumen en una crisis.

Las variantes de este desorden van desde la persona empeñada en combatir, no sólo en el plano mental, sino también en el físico, todo lo que puede escapar a su control, hasta una explosión literal por exceso de estrés psicofísico.

Los obsesivos atormentados por pensamientos e imágenes que no consigue ahuyentar hasta la que mantiene a su pareja bajo control y la asfixia con sus atenciones.

Aunque sean muy diferentes los tipos de obsesión, el mecanismo que la desencadena y la estructura como verdadero trastorno es el mismo.

Principalmente el sujeto obsesivo ejercita el control, que lo conduce a perder el control; este acto contraproducente puede aplicarse tanto al pensamiento como a la acción; lo que significa que podemos padecer un trastorno obsesivo basado en una psicoengaño del pensamiento, Como; la del razonamiento perfectamente lógico, en ese caso, la persona trata por todos los medios de someter cualquier acontecimiento, situación o condición al control de un razonamiento lógico, racional e impecable.

El filósofo John Locke decía, si parto de premisas erróneas a través de una lógica convincente, obtendré resultados incorrectos.

Podemos encontrarnos con un sujeto que trata de explicar las cosas de la forma más rigurosa y objetiva posible, incluido aquello que no se presta a este tipo de análisis como son las emociones o los comportamientos ambivalentes de la pareja, que provoca verdaderos desastres personales e interpersonales en virtud de la aplicación reiterada de su autoengaño del conocimiento.

El obsesivo aspira a la coherencia absoluta, con la pretensión de que los demás muestren total acuerdo a sus posturas.

Podemos reconocer al obsesivo con mucha facilidad porque siempre está tenso: la sonrisa, que muestra muy rara vez, se transforma con frecuencia en una mueca; siempre está alerta y vigilante y la imagen que da a los demás es la de alguien frío e impasible.

Al principio pareciera una figura protectora y tranquilizadora en la que se puede confiar, una relación más cercana pronto revela sus puntos débiles y macabros.

El hecho de que en su mente todo deba cuadrar según ciertas premisas convierte al obsesivo en un inadaptado para fraguar relaciones con los demás.

En este caso, el objetivo terapéutico tendrá como prioridad desactivar el mecanismo del control que hace perder el control.

Por tanto, la intervención no deberá centrarse sólo en la interrupción o en la corrección de los guiones comportamentales, sino que deberá reestructurar el modelo de razonamiento del individuo.

A menudo, lo más importante que debe experimentar el obsesivo para salir de sus propios autoengaño es el riesgo de dejar que algo o alguien escape de su control para que después pueda comprobar que las cosas no sólo no van mal, sino que van mejor para después guíar al sujeto a ejercitar de manera voluntaria la ausencia de control sobre las diferentes áreas de su vida, de forma que pueda flexibilizar su mente y liberarla de las cadenas del pensamiento obsesivo.

El obsesivo deberá dialogar con el pasado, el presente y el futuro, basándose siempre en reflexiones y argumentos que los conduzcan más allá de la rigidez de sus razonamientos.

Es importante focalizar la intervención terapéutica en el cambio gradual más que en el rápido por tanto, necesario centrarse en dar pequeños pasos y no pedirle al obsesivo grandes saltos que no pueda asumir porque le resulten demasiado arriesgados y fuera de su control.

El  60 % de los casos se puede llegar a superar el desorden de manera definitiva en el transcurso de seis u ocho meses y alrededor del 25 % necesita una terapia más prolongada.

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